“Dios es trascendente, invisible e indemostrable. Elegirse a sí mismo ante Dios, comprometerse a la fe, parece ser equivalente a perderse a sí mismo, a arrojarse a sí mismo; elige su verdadero yo, que es a la vez finito e infinito. Quien no tiene a Dios queda enajenado de sí mismo: cae en la desesperación. El que hace el salto de la fe se recobra a sí mismo, su verdadero yo, después de la dispersión de la fase estética. Por consiguiente, al enfrentarse con el salto, el hombre sufre a la vez una repulsión y una atracción”(2) Filosofía contemporánea; Frederick Copleston.
En todo momento es importante recordar de donde uno viene, es decir, cuales son tus orígenes, cual es tu cuna, porque esto indica que existe un grado de conciencia sobre la historia de mi vida. Aunque reniego bastante en contra de lo que me ha tocado vivir y dejo a un lado las asuntos cristianos, no me olvido del todo de éstos.
Por otro lado, dicha cita ( aunque está mal hecha, porque no sigue la formalidades de la apa o algún organismo parecido) representa en esencia las realidades de muchas personas, en las cuales se ha manifestado la victoria de Dios y la tribulación de otros.
Dios está mucho más allá de nuestros falibles sentidos que a veces nos traicionan, ya que, es una persona que se ubica en la dimensión de lo trascendente, invisible e indemostrable para la razón del ser humano.
Perderse a si mismo, es como lanzarse al vacío, como quedar desnudo e indefenso ante todo. Arriesgarse de esta manera significa dejar los apegos desordenados que nos alienan y encontrarnos con Cristo, para resucitar a la vida real, esa que tiene sabor y sentido.