
Uno de tantos carretes, ya es viernes en la noche y me dispongo a salir a buscar a Esteban y Jorge que viven a unas cuadras de mi casa.
Meto las manos a mi bolsillo, y encuentro unas miserables chauchas, que incluso me da vergüenza observarlas, por eso voy donde mi querida Madre a quien le pido unas moneditas pa’ efectuar mi aporte en la compra de las municiones de la noche (estos pertrechos son básicamente bebidas alcohólicas de bajo perfil, es decir, bálticas y de vez en cuando nuestro paladar se encuentra más fino y compramos unas cervezas escudo). Luego de esto pesco mi chaqueta y me dirijo a las casas de mis amigos.
Antes de llegar a la casa de Jorge, hice mi escala obligatoria en la morada de Esteban, lo invité a salir a lo que me responde que en tres tiempos se arregla y sale de su hogar. Después de un rato, mis pisadas más la de Esteban nos trasladaron como dos verdaderos Ícaros hasta la casa de Jorge, para emitir el tan agradable llamado; JOOOOORGEEEE. Al instante, se asomó una cabeza de pelo negro y corto. Si damas y caballeros era él, el hombre que posee una gran garganta y un tremendo espíritu simposiador. La alegría era contagiadora, es que en realidad no nos juntábamos hace varias semanas, por ende, la sensación de júbilo fue bastante expresiva. En ese momento los abrazos y palmotadas en el lomo de plata se escuchaban desde metros de donde nos situábamos, el fuerte estrechón de manos que nos dimos en conjunto con una discreta sonrisa fueron actos deliberadamente insinuantes, (incluso me arriesgaría a decir que es el paso previo antes de cualquier simposium a nuestro estilo) algo muy esperado se aproximaba, nos mirábamos las caras y nos preguntábamos en nuestro fuero interno, quien dispararía de su boca esas benditas frases, hasta que Jorge lanza su primer proyectil de la noche, diciendo: “ Vamos a toooomar mieerdaa” y yo respondo: “A lo que nos atañe po’” ( como diría mi bien ponderado Juan Carlos).
Luego de realizar las tratativas y calcular los gastos para la mentada acción, nos hicimos acreedores de unas sabrosas “pilseners” (Bálticas) en la “boti”, farmacia del dipsómano o más bien conocida como el “Andacollo”. Al instante nos dirigimos a nuestro querido cerrito, nos sentamos en éste y abrimos una birra, posteriormente llamamos a nuestro amigo Juan Carlos, el cual al cabo de unos minutos concretiza su aparición en el lugar que nos encontrábamos, en cosa de segundos emitimos un grito con impronta, era nuestro saludo de bienvenida para este personaje. Este terreno que nos acogía, era realmente mágico.
La noche nos atrapó y cautivó en este pequeño montículo, no se si fue por las luces de la cuidad que en ese momento podíamos apreciar o por las constelaciones tan nítidas y bellas. Era cosa de acostarse en el suelo para ver con dirección hacia el cielo las estrellas que parecían hechas con un pincel de un artista único. Estos elementos enunciados más una preciosa conversación y las cervezas nos dejaron pletóricos de felicidad pagana y algo más. Por instante, aunque sean un par de horas, puedo decir que me liberé de mis ataduras del maldito stress y alcance el objetivo tan anhelado por todos, el Nirvana de
Al final del carrete, cada personaje del clan se dirigió a su casita con una mochila de experiencias que se componen de risas, anécdotas, historias, entre otras cosas. Este tipo de tertulias alegran y condimentan mi vida en cierta medida.
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